viernes 17 de septiembre de 2010

General JORGE R VIDELA 16-Setiembre-2010


Periodismo de Verdad: 16 de septiembre de 2010













Con firmeza el General Videla habló en la tarde de hoy. Recordó una frase de Rodriguez Peña que decía:

“Que fuimos crueles ¡vaya con el cargo!, mientras tanto, ahí tienen Uds. una Patria que no está en el compromiso de serlo. La salvamos como creíamos que debíamos hacerlo. ¿Hubo otros medios? Nosotros no los vimos, ni creíamos que con otros medios fuéramos capaces de hacer lo que hicimos. Arrójennos la culpa al rostro, y gocen de los resultados. ¡Nosotros seremos los verdugos, sean Uds. Los hombres libres!”.


Texto completo que merece ser leído y guardado como documento histórico.


Señor Presidente: con el debido respeto a su investidura, me dirijo a Ud. como Presidente de este Tribunal, pero con el deseo de llegar a mis conciudadanos y, en particular, a mis jóvenes camaradas del Ejército, que no han vivido lo que es materia de este juicio y resultan víctimas propicias para ser confundidos y engañados.

No soy yo quién debe decirle a Ud. que la indagatoria, así como su ampliatoria de la que estoy haciendo uso, son instrumentos jurídicos en beneficio del ejercicio de la legítima defensa en juicio.

Pues bien, no he venido hoy a defenderme ante un Tribunal al que ni la Constitución Nacional, ni las Leyes nacionales ni internacionales incorporadas a ella le reconocen competencia para juzgarme; menos aún para juzgarme por hechos ya juzgados en la Causa 13/84, llamada de los Comandantes, por la que cumplo injusta condena a reclusión perpetua, desde el mes de diciembre de 1985, con la accesoria de destitución e inhabilitación absoluta y perpetua.

Tampoco he venido hoy a defender a quienes fueron mis Subordinados durante la Guerra interna librada por la Nación Argentina contra el terrorismo subversivo; para ello están la valentía y el coraje con que lo hacen los propios interesados, acompañados por la brillante defensa técnica que realizan sus abogados defensores casi a diario, dando ejemplo de espíritu de servicio para con sus asistidos y de solidaridad para con sus colegas; ello quedó palmariamente demostrado en el tratamiento de la Recusación al Vocal de este Tribunal Dr. Pérez Villalobos.

He venido si, a honrar mis responsabilidades castrenses asumidas en plenitud, respecto de lo actuado por el Ejército en la guerra ya citada, ordenada por un Gobierno constitucional en pleno ejercicio de sus facultades, único caso en la Región, que culminara con una victoria posibilitada por el apoyo mayoritario del pueblo argentino.

Sr. Presidente: hace ya dos meses que, en forma insistente y reiterada, venimos escuchando testimonios poco espontáneos y hasta teatralizados que, a través de una repetición sistemática de acusaciones falaces, centradas en dos de los acusados, a los cuales se pretende ridiculizar con apodos y extravagancia en el vestir, apuntan en el fondo al desprestigio del Ejército, usando metodologías gramcianas.

Todos los testigos a su vez, se presentan como víctimas, cuando el común denominador que los une es haber pertenecido al terrorismo, tal como está debidamente comprobado por los antecedentes penales que se han agregado a la causa.

Finalmente el agravio a la institución Ejército Argentino ha llegado a tal grado de insensatez, que no ha faltado quién la calificara de “asociación ilícita”.

Me opongo terminantemente a tal calificativo, que presupone que la asociación ilícita pueda ser la normal relación entre el que manda y el que obedece, cuando en realidad dicha relación no puede ser otra que la subordinación.

Subordinación no es obediencia ciega al capricho del que manda. Subordinación es obediencia consiente a la voluntad del superior, en función de un objetivo que está por encima del que manda y del que obedece -en nuestro caso la legítima defensa de la nación agredida- en virtud del cual el mando deja de ser arbitrario y la obediencia se ennoblece.

No Sr. Presidente, no podemos equivocarnos en andar buscando un Ejército bueno y un Ejército malo. Ejército hay uno solo: el de las Guerras por la Independencia; el de la Reorganización Nacional; el de los Héroes y Mártires contemporáneos; el que contó entre sus filas a mi padre y a tres de mis hijos y cuenta hoy con uno de mis nietos; el que tuve el honor de comandar; el de ayer, el de hoy y el de siempre, con sus virtudes y defectos, permanentemente al servicio de la Nación, como institución fundamental de la República.

Es a ese Ejército, al que represento en estas circunstancias, al que quiero desagraviar, denunciando una campaña sistemática de desprestigio, con vistas a su destrucción como Institución de la República, objetivo intermedio para subvertir la Nación, al mejor estilo de Gramsci.

Tal vez Sr. Presiente, valga recordar una famosa frase de Nicolás Rodríguez Peña que decía:

“Que fuimos crueles ¡vaya con el cargo!, mientras tanto, ahí tienen Uds. una Patria que no está en el compromiso de serlo. La salvamos como creíamos que debíamos hacerlo. ¿Hubo otros medios? Nosotros no los vimos, ni creíamos que con otros medios fuéramos capaces de hacer lo que hicimos. Arrójennos la culpa al rostro, y gocen de los resultados. ¡Nosotros seremos los verdugos, sean Uds. Los hombres libres!”.Sr. Presidente: En tal sentido, que fuimos crueles nadie lo dude; sí, lo hicimos en el marco de crueldad que impone toda guerra por su propia naturaleza; pero no fuimos sádicos ni integramos una asociación ilícita.

Sr. Presidente: He terminado mi exposición, gracias por escucharme.

He cumplido y seguiré cumpliendo con todos aquellos que sean amantes de la verdad

HERIBERTO J E ROMAN

Cnl ( R ) OIM-EA

TTE. GENERAL D. JORGE R. VIDELA: AL PUEBLO ARGENTINO

December 23 2010 at 8:28 AM

MANIFESTACIÓN ANTE LOS JUECES

INTROITO

Señores Jueces:


Mucho se ha dicho y se ha escrito, sobre lo ocurrido en nuestra Patria durante la década de los años 70; lamentablemente, con una visión sesgada de la realidad -no exenta de dudoso propósito- ocultando parte de la historia de esos trágicos años y tergiversando a su vez, la parte que se hace pública.

No es mi intención, en este momento, polemizar con dichas opiniones, emitidas en uso del derecho a la libre expresión que protege nuestro sistema democrático de vida. Mi conducta al respecto, ha sido la de mantener un prudente silencio, como contribución a la concordia entre mis conciudadanos.

Pero, en esta oportunidad -más que como imputado, como protagonista y testigo- siento el deber inexcusable de hacer llegar ante ustedes y a través de ustedes a la sociedad argentina toda, en particular a sus jóvenes manipulados por la desinformación y la propaganda artera, mi visión personal sobre aquellos hechos, que constituyen el marco de referencia que encuadra lo que es materia de este y otros juicios en los que me encuentro procesado.

NUESTRA ULTIMA GUERRA INTERNA


Antecedentes mediatos


Al término de la Segunda Guerra Mundial, la comunidad de naciones quedó virtualmente agrupada en derredor de dos polos de poder -ideológicamente antagónicos- que, además de disputarse entre sí el manejo del mundo, intentaban atraer en su favor a los países no alineados con ellos.


El dominio del poder nuclear por parte de las dos potencias líderes (EE UU y la URSS) y la posibilidad de su destrucción masiva en forma recíproca, actuó entonces como factor de disuasión, dando lugar a la llamada guerra fría: una suerte de equilibrio inestable que nadie se atrevía a romper, -so pena de la represalia- todo ello, en medio de una paz armada.


Fue justamente la URSS quien, con el afán de expandir su poder, ideó una manera sutil de quebrar aquel equilibrio sin que provocara la réplica; y lo hizo promoviendo, alentando y solventando los llamados movimientos de liberación nacional: contra el colonialismo, caso de África; o bien contra las desigualdades sociales, caso de Latinoamérica.


La estrategia así concebida, llamada también estrategia indirecta o guerra revolucionaria, buscaba la toma del poder en dichos países, mediante acciones violentas amparadas bajo las banderas de la liberación.


Cabe destacar que, lo que para las grandes potencias eran conflictos de baja intensidad, constituían para los países periféricos -como en nuestro caso- conflictos en los que se jugaba la identidad nacional de estos países. La República Argentina no fue ajena a esa forma de agresión y, lo que pudo ser objeto del debate y de la confrontación democrática de ideologías encontradas, pasó a convertirse en un violento enfrentamiento armado -dado la intolerancia del agresor- cuyo lema rezaba: la razón está en la boca de los fusiles.


Antecedentes Inmediatos


El empleo de las Fuerzas Armadas en 1975, para combatir contra el terrorismo, no fue un acto improvisado y mucho menos novedoso. En efecto, el Ejército, dentro de su planeamiento específico de corto plazo, contaba con el llamado Plan de Capacidades, el cual contenía las previsiones para responder, con lo que se disponía en ese momento, ante la ocurrencia de cualquiera de las hipótesis de conflicto retenidas como tales.


Una de esas hipótesis era la Variante Marco Interno, la cual preveía una agresión por parte del terrorismo subversivo que, superando la capacidad de represión de las Fuerzas Policiales y aún las Fuerzas de Seguridad, impusiera el empleo de las Fuerzas Armadas, con el objeto de restablecer el orden alterado, previo dictado del decreto correspondiente.


Luego del Cordobazo (producido el 29 de mayo de 1969) y del posterior secuestro y asesinato del Teniente General Aramburu (ocurrido el 29 de mayo de 1970) el Ejército puso en práctica el Plan de Capacidades - Marco Interno, cuando su Comandante, el General Lanusse, ordenó a dicha fuerza ejecutar, en forma limitada, operaciones de seguridad (controles de rutas, controles de población, rastrillajes, protección de objetivos sensibles, etc.), dado que las acciones producidas por el agresor, no requerían un mayor grado de compromiso. En forma simultánea, como Presidente de la Nación, el General Lanusse promovió una modificación de la legislación penal, incluyendo nuevas figuras delictivas, así como el agravamiento de algunas de las penas existentes. Pero, más trascendente aún, fue la decisión de crear la Cámara Federal Penal, integrada en su totalidad por magistrados civiles, para actuar con jurisdicción y competencia en todo el territorio nacional, a fin de juzgar, exclusivamente, los delitos terroristas y conexos.


Este conjunto de previsiones dio excelentes resultados; tan es así que, al finalizar el mandato del General Lanusse, el 25 de mayo de 1973, con observancia del debido proceso, había cerca de 1.500 detenidos en calidad de procesados o bien cumpliendo condena, en relación con los delitos ya citados. Lamentablemente, al asumir la Presidencia el Doctor Cámpora, dictó, en esa misma noche, un decreto de indulto concediendo la libertad de los detenidos y promulgó, en forma casi simultánea, una ley de amnistía sancionada por el Congreso con igual finalidad. Vale recordar que la citada ley de amnistía, al ser tratada en general, resultó irresponsablemente aprobada casi por unanimidad, por parte de los legisladores integrantes de ambas Cámaras.


Mediante dichos instrumentos legales, se dispuso la libertad de todos los terroristas que se encontraban detenidos, los cuales fueron recibidos como héroes por sus simpatizantes quienes, a su vez, mantenían desde temprano las cárceles en su poder, a la espera del decreto presidencial que disponía los indultos, promovido por el entonces Ministro del Interior, Doctor Righi, a quien Perón echó de su cargo; hoy Procurador General (Jefe de los Fiscales).


Asimismo, fue disuelta la Cámara Federal Penal que había dictado las detenciones; sus jueces fueron declarados cesantes y librados a su suerte; varios de ellos sufrieron atentados, incluso de muerte; y otros debieron abandonar el país por falta de garantías para sí mismos y sus familias. Simultáneamente, se dejaron sin efecto las reformas introducidas en la legislación penal. Extraña paradoja: el remedio judicial, eficazmente implementado por un gobierno militar para luchar contra el terrorismo subversivo con la ley bajo el brazo, fue luego demagógicamente dejado sin efecto por el gobierno constitucional que lo sucedió, dando lugar a la puesta en libertad de casi 1.500 terroristas que estaban detenidos cumpliendo condena o bajo proceso, al par que sumiendo en el desamparo a los jueces que los habían juzgado. Por supuesto que ninguno de aquellos llamados jóvenes idealistas (Perón los llamó estúpidos e imberbes cuando los echó de la Plaza de Mayo) dejó la cárcel para reinsertarse pacíficamente en la sociedad. Todos ellos, so pretexto de sentirse perseguidos por el sólo hecho de pensar diferente, salieron dispuestos a matar con las armas que les entregaron al abandonar la prisión. Con tal disposición de ánimo, pretendían dar cumplimiento a la consigna de su paradigma, el Che Guevara, quien decía:


Que era preciso, por encima de todo, mantener vivo el odio intransigente al enemigo; odio capaz de llevar al hombre más allá de sus límites naturales; y transformarlo en una fría, selectiva, violenta y eficaz máquina de matar. ¿Conocerán este detalle quienes, con ignorante orgullo, lucen hoy la imagen de ese nefasto personaje en tatuajes y remeras y, lo que es peor, en despachos oficiales?

La Agresión Terrorista


Larvada en sus inicios, al comienzo de la década del sesenta y abiertamente desembozada en la década siguiente, la agresión terrorista buscaba la destrucción de bienes materiales y de personas para que, mediante el terror que dichas acciones pudieran generar, tomar el poder político, a fin de imponer un régimen marxista-leninista, totalmente ajeno a nuestro tradicional estilo de vida. Capacitada para producir aquellas acciones intimidatorias, la agresión terrorista estaba integrada mayoritariamente por personal nacional, entrenado en Cuba, Siria, Palestina y Argelia, o bien, dentro del propio país, con instructores foráneos. Disponía, también, de armamento y equipos provistos por la URSS, a través de Cuba, así como fabricados localmente en fábricas clandestinas, o fruto de ataques a organismos militares y policiales. De la misma manera, estaba financiada con fondos provenientes de la URSS, o con el producido de los asaltos perpetrados contra entidades bancarias, o el botín resultante de los secuestros extorsivos (el más notorio fue el de los hermanos Born, por un monto de sesenta millones de dólares).


La magnitud de dicha agresión, fue aumentando con el transcurso del tiempo, hasta llegar a una medida no conocida en nuestro país. Así pasamos del terrorismo sistemático y selectivo, que producía el secuestro y muerte de personas aisladas, o la ocupación de pequeñas localidades, hasta llegar a verdaderas acciones de combate como lo fueron la toma por asalto de unidades militares, que debían ser recuperadas por unidades vecinas, o las operaciones bélicas libradas contra la guerrilla rural en Tucumán, donde el enemigo intentó crear una zona liberada. A mediados de la década del 70, los elementos terroristas habían proliferado bajo distintas denominaciones, a los que se sumaban efectivos de custodia de los dirigentes sindicales (verdaderas patotas armadas que, más que proteger intimidaban) así como los integrantes de la Alianza Anticomunista Argentina (AAA) una suerte de milicia clandestina que operaba bajo la conducción del Ministro de Bienestar Social, José López Rega. Dentro de esta especie de far west vernáculo, en el cual el Estado había perdido el monopolio de la fuerza, se destacaban por su número, 6 organización y entrenamiento, dos agrupaciones distintas a saber: el Ejército Revolucionario del Pueblo, encabezado por Santucho, brazo armado del Partido Revolucionario de los Trabajadores, de tendencia trotskista; y Montoneros, encabezado por Firmenich, brazo armado de la izquierda justicialista y, más específicamente, representativo de la Juventud Peronista.

Ambos, a su vez, actuaban bajo la forma de guerrilla rural, como en el caso de Tucumán, con la intención de crear una zona liberada en dicha provincia, aprovechando las facilidades que a tales fines ofrecía la geografía lugareña; o bien como guerrilla urbana, en cuyo marco un joven cumplía durante el día su cometido normal como hijo, estudiante u obrero y, durante la noche, con una pastilla de cianuro en el bolsillo y un arma escondida entre sus ropas o entre las mantas de un coche cuna conducido por su pareja -generalmente embarazada y usada a modo de escudo humano- asaltaba, secuestraba, o colocaba bombas. En cuanto al grado de violencia desatada por el agresor, no está demás recordar lo expresado por The Times de Londres, en un artículo reproducido por el diario La Nación de fecha 2 de diciembre de 1977, en el que decía: ...Se ha olvidado en el extranjero que cuando los militares argentinos lanzaron su campaña contra el terrorismo, la sociedad y el Estado estaban al borde del colapso, que el terrorismo comenzó al final de los años 61 y había alcanzado proporciones que hacen los secuestros en Alemania Occidental y los disparos a las piernas de Italia como juego de niños contra la sociedad. Cuando la respuesta vino, mucha sangre se había derramado como para esperar demasiada cautela en la misma... Los terroristas italianos y germanos occidentales no pueden ser comparados con la fuerza y la ferocidad de los dos grupos argentinos, ambos actualmente casi aniquilados... Cuando Amnesty Internacional publicó su informe de 92 páginas sobre la represión en la Argentina, un editor de un diario inglés de aquí comentó: si ellos hicieran un informe sobre las atrocidades terroristas, probablemente sería mucho más voluminoso.


Vale recordar también que, en su largo pontificado, el Papa Juan Pablo II puso luz sobre distintos temas que desde el Concilio Vaticano II eran tergiversados. Entre ellos, cierta apología de los partisanos, los maquis, la guerrilla, y otras formas de terrorismo. Con claridad, el Papa Wojtyla expresó sobre el particular lo siguiente:


El terrorismo piensa que la verdad en la que cree o el sufrimiento padecido son tan absolutos que lo legitiman a reaccionar destruyendo incluso vidas humanas inocentes.


Pretender imponer a otros con la violencia lo que se considera como la verdad, significa violar la dignidad del ser humano y, en definitiva, ultrajar a Dios, del cual es imagen. Las injusticias existentes en el mundo nunca pueden usarse como pretexto para justificar los atentados terroristas. Si nos fijamos bien, el terrorismo no sólo instrumenta al hombre, sino también a Dios, haciendo de él un ídolo del cual se sirve para sus propios objetivos.


El terrorismo se basa en el desprecio de la vida del hombre. Precisamente por eso, no sólo comete crímenes intolerables, sino que, en sí mismo, en cuanto recurre al terror como estrategia política y económica, es un auténtico crimen contra la humanidad. A modo de anécdota puedo expresar que, dentro de esa orgía de violencia, en mi condición de Comandante en Jefe del Ejército, fui objeto de seis atentados contra mi vida, los cuales llegaron a materializarse sin que, gracias a Dios, cumplieran sus designios. El primero de ellos, ocurrido el 16 de marzo de 1976: preveía la voladura del automóvil que me conducía a la sede de mi comando, con cargas explosivas accionadas por control remoto, colocadas en un automóvil aparcado en la playa de estacionamiento aledaña al edificio; y fue comandado por Verbitsky, quien resultó posteriormente enjuiciado por la dirigencia de la organización Montoneros, en razón de haber abandonado el lugar de los hechos sin antes comprobar los efectos producidos por la operación, así como asegurado el repliegue del personal a su cargo, según lo determinaban los manuales respectivos.


La Legítima Defensa


En el mes de enero de 1975, la señora de Perón, a cargo de la Presidencia de la Nación, dictó un Decreto por medio del cual ordenaba el empleo de las Fuerzas Armadas para combatir al terrorismo hasta su aniquilamiento, pero geográficamente limitado a una zona de operaciones en la Provincia de Tucumán, acción que dio en llamarse Operación Independencia.


Esta limitación geográfica no dejaba de ser una ventaja para el oponente, ya que les permitía a los terroristas que actuaban dentro de la zona de operaciones, recibir reemplazos de personal, así como refuerzos de armamento y equipo provenientes de otras zonas del país, lo que dilataba la posibilidad de lograr su aniquilamiento en corto plazo.

Para entonces, el país vivía un clima agobiante, signado por la angustia que soportaba la sociedad, ante la dimensión que adquiría día a día la agresión terrorista. Ante ese desasosiego y la radicalización que adquiría el enfrentamiento iniciado por los grupos terroristas, en los primeros días del mes de octubre de 1975, el Doctor Luder, provisionalmente a cargo de la Presidencia de la Nación (la señora de Perón se hallaba en Ascochinga, en uso de licencia por razones de salud) convocó a una reunión de gabinete para determinar qué hacer frente a la dimensión que había cobrado el accionar subversivo. A dicha reunión fuimos invitados los Comandantes Generales, quienes debíamos exponer nuestros puntos de vista sobre el particular.


Por ser un problema típicamente terrestre, correspondía al Ejército la responsabilidad primaria y, en esa condición, con el acuerdo de mis camaradas de las otras dos Fuerzas debí exponer. En extrema síntesis, dije entonces que, habiéndose agotado la instancia de represión a cargo de las Fuerzas Policiales y de Seguridad, sin lograr restablecer el orden alterado; y ante la inoperancia de la Justicia (por temor no había dictado ninguna condena desde el 25 de mayo de 1973 hasta la fecha, a pesar de la magnitud de los hechos producidos por los elementos terroristas); parecía llegado el momento de apelar, como último recurso, al empleo de las Fuerzas Armadas a fin de combatir al terrorismo subversivo.


Agregué que la decisión de emplear a las Fuerzas Armadas para cumplir con ese cometido implicaba, de hecho, reconocer un estado de guerra interna con sus consiguientes secuelas, ya que las Fuerzas Armadas no estaban preparadas para reprimir (no disponían de balines de goma, ni escudos, ni bastones, y, fundamentalmente, carecían de entrenamiento para cumplir esa función) ya que estaban organizadas, equipadas e instruidas para combatir; es decir para hacer la guerra, donde se muere o se mata.


En atención a ello, se propusieron cuatro cursos de acción, en grado creciente de libertad de acción. El primero, muy pautado, garantizaba que no se cometieran errores o excesos, pero hacía suponer una prolongación sine die del conflicto. Entendíamos por excesos, delitos comunes que pudiera cometer personal militar al amparo de la guerra a desarrollar. Vale recordar que al término del Proceso de Reorganización Nacional, se hallaban cumpliendo condena más de doscientos cincuenta uniformados, acusados por haber cometido delitos de esa naturaleza.


Los cursos de acción segundo y tercero, eran un gradiente mayor de libertad de acción. El curso de acción cuarto (que resultó seleccionado) preveía el despliegue de las Fuerzas Armadas, así como de las Policiales y las de Seguridad -estas dos bajo el control operacional de las primeras- en la totalidad del territorio nacional; y, a partir de ese despliegue disperso, nada fácil de controlar, actuar simultáneamente en la búsqueda del enemigo para combatirlo donde fuera hallado. Cabe destacar que el agresor actuaba en la clandestinidad, dentro de una organización celular difícil de penetrar, que imponía una paciente tarea de inteligencia para localizarlo.


Debo rendir homenaje al coraje cívico demostrado por el Doctor Luder en esa ocasión quien, sin hesitar, seleccionó este curso de acción que era el más riesgoso en cuanto a la posibilidad de que ocurrieran errores o excesos, pero que garantizaba la derrota del terrorismo en no más de un año y medio de lucha. Es más, ante un pedido de intervención por parte de uno de los ministros asistentes, el Doctor Luder manifestó tener decidida su resolución y con ello cerró el debate.


Esta firmeza del Doctor Luder no fue la misma cuando, al deponer como testigo en el juicio a las Juntas, se limitó a hacer una interpretación semántica del término aniquilar, sin reparar que los reglamentos vigentes a la fecha, definían con precisión, el alcance de dicho término. Más grave aún, olvidó, fuera de todo tecnicismo doctrinario, que la acción de aniquilar constituía la interpretación más acabada de lo que expresara el General Perón, en la carta dirigida a la Guarnición Militar de Azul, luego del intento de copamiento del que fuera objeto. De dicha carta rescato la siguiente frase, referida a los terroristas atacantes: que el reducido número de psicópatas que va quedando sea exterminado uno a uno para el bien de la República.


Reflejo también de ese estado de ánimo, proclive a llevar adelante una guerra sin cuartel contra los grupos terroristas, son las palabras pronunciadas por el Diputado Stecco, durante el homenaje que la Cámara de Diputados rindió a José Rucci, con motivo del atentado que le costó su vida. Dijo entonces el Diputado Stecco: Por eso esta Cámara de Diputados, que dicta las leyes del país, debe dar amplios poderes a nuestras Fuerzas Armadas y de Seguridad, sin que con ello se quiebre la libertad, para perseguirlos hasta sus guaridas y matarlos como a ratas, porque no merecen vivir en este suelo. Ningún partido político, ninguna fuerza sindical, ninguna organización no gubernamental, tampoco los medios de prensa, objetaron las duras palabras del Diputado Stecco.


De similar tenor fueron las palabras del Ministro de Defensa, Doctor Vottero, pronunciadas en el acto de cierre de los cursos de la Escuela de Defensa Nacional, en diciembre de 1975, oportunidad en la que expresó: ...ante la lucha total, sofisticada y compleja, despiadada, diabólica y criminal, promovida por la subversión armada, queda una sola alternativa: el exterminio total del enemigo...


Por su parte el ex-Presidente Frondizi, decía al respecto lo siguiente: La subversión fue organizada desde el exterior para tratar de conquistar el poder e imponer ideas marxistas, destruyendo los valores que conforman nuestra identidad nacional. Pero fue vencida por las Fuerzas Armadas y de Seguridad, cumpliendo las órdenes del gobierno constitucional que dispuso aniquilarla. Esta palabra `aniquilarla´, no la inventaron los militares; está en el decreto dictado por un gobierno constitucional. Como complemento de los decretos firmados por el Doctor Luder, el Ministerio de Defensa impartió la Directiva N°1 y, a partir de ella, impartí la Directiva N° 404, Lucha Contra la Subversión, mediante la cual se puso en ejecución, por parte del Ejército, el planeamiento correspondiente a la Hipótesis de Conflicto Marco Interno. A los fines de esa guerra, cada una de las Fuerzas Armadas tenía asignadas zonas territoriales, donde ejercían sus responsabilidades operacionales los respectivos Comandantes Generales.


Corolario

Bien podemos decir entonces, que la Nación Argentina hubo de afrontar -de hecho y de derecho- un conflicto bélico interno, irregular en su forma, de carácter revolucionario, con profunda raíz ideológica, alentado desde el exterior. Así lo reconoció tiempo después la Cámara Federal (a la cual desconocí por no tener competencia para juzgarme, toda vez que no era mi juez natural, sino una comisión especial fulminada por el Art.18 de la Constitución Nacional) cuando dicho Tribunal, al dictar sentencia en la causa 13/84, llamada de los Comandantes, sin mencionar la figura de genocidio, así como tampoco la existencia de delitos de lesa humanidad, entre otros conceptos expresó:

- Que En consideración a los múltiples antecedentes acopiados en este proceso y a las características que asumió el terrorismo en la República Argentina, cabe concluir que, dentro de los criterios de clasificación expuestos, el fenómeno se correspondió con el concepto de `guerra revolucionaria´.

- Que algunos de los hechos de esa guerra habrían justificado la aplicación de la pena de muerte contemplada en el Código de Justicia Militar.


- Que Como consecuencia de lo hasta aquí expresado, debemos admitir que en nuestro país hubo una guerra interna, iniciada por las organizaciones terroristas contra las instituciones de su propio Estado.


Mal puede hablarse entonces -como lo hizo el Presidente Alfonsín en el Decreto 158/83, mediante el cual ordenó el juicio a las Juntas- de la existencia de homicidios, privaciones ilegítimas de la libertad, secuestros o lugares clandestinos de detención, introduciendo figuras delictivas del Código Penal, dentro del juzgamiento de actividades de combate, ocurridas en el marco de una guerra interna.


Por el contrario, si aceptamos la existencia de una guerra, como lo expresara la Cámara Federal, debemos hablar de prisioneros capturados e internados en lugares de reunión, generalmente secretos por razones de seguridad; de heridos, mutilados, muertos o desaparecidos; saldo inevitable de cualquier conflicto bélico; máxime en éste por su peculiar naturaleza.


Menos aún podemos aceptar la figura de asociación ilícita, como forma de relación entre el que manda y el que obedece, que no puede ser otra más que la subordinación. Subordinación no es obediencia ciega al capricho del que manda. Subordinación es obediencia consciente a la voluntad del superior, en función de un objetivo que está por encima del que manda y del que obedece -en este caso la defensa de la Nación agredida- y en razón del cual el mando deja de ser arbitrario y la obediencia se ennoblece.


Algunos han calificado a esta guerra, como una guerra sucia. Yo me niego a aceptar ese calificativo, pues significaría reconocer la existencia de guerras limpias y sucias. Santo Tomás de Aquino reconoce la existencia de guerras justas o injustas; y agrega que las guerras defensivas -como la librada en nuestra Patria- en general son guerras justas.


La guerra es un fenómeno en sí misma, y hay que aceptarla como tal, sin aditamentos de ninguna especie. Acepto sí, que cada guerra tiene sus peculiaridades o características propias, que la hacen distinta de las otras, y esta guerra tuvo, por cierto, sus características distintivas. Ante todo, no fue una guerra clásica. Fue, en cambio, una guerra irregular, y dentro de esa irregularidad yo, personalmente, opino que su signo distintivo fue la imprecisión.


Fue imprecisa en su comienzo, a tal punto que me pregunto: ¿quién, a ciencia cierta, puede decir cuándo comenzó esta guerra? más allá de los decretos que le dieron forma jurídica.
Pero, si fue imprecisa en su comienzo, no lo fue menos en su término. Y me vuelvo a preguntar sin tener respuesta ¿cuándo realmente terminó esta guerra? Si bien es cierto, las operaciones militares hicieron crisis entre los años 1975 y 1976, y comenzaron a declinar en 1977, hasta casi desaparecer a fines de ese año, yo no me atrevería a afirmar si fue entonces que esta guerra terminó. Es más, me pregunto si aún hoy podemos asegurar que, más allá de las operaciones militares, esta guerra, usando medios no violentos, haya realmente terminado.


Al respecto, me atrevo afirmar que en el escenario de la guerra revolucionaria, no existe el postconflicto, a pesar de que se levanten banderas de paz. Por otra parte, a diferencia de la guerra convencional en la cual el enemigo entra en esa categoría de manera totalmente genérica y anónima, en la guerra irregular -como lo fue nuestra última guerra interna- el enemigo entraba en calidad de tal, luego de un delicado trabajo de inteligencia que permitía identificarlo con nombre y apellido para recién combatirlo, circunstancia ésta que le otorgaba al conflicto un matiz personalizado, y por ende, hacía más patético aún, al enfrentamiento que tuvo lugar entre hermanos argentinos.


Esta guerra materializaba la legítima defensa de la Nación agredida, frente al ilegítimo agresor quien, por medio del terror, pretendía cambiarle su tradicional sistema de vida; y la misma fue dispuesta por un gobierno constitucional en pleno ejercicio de sus atribuciones, único caso en la región, sin objeciones por parte de los cuerpos legislativos como de los judiciales, y contó con la adhesión mayoritaria de la ciudadanía. De ahí que no se levantaran, entonces, voces contrarias a esa decisión; antes bien, el alivio fue la sensación imperante.


Resulta por ello falso, y cuanto menos ingenuo, pretender simplificar los hechos al extremo de afirmar que los mismos, fueron la resultante de un enfrentamiento armado entre grupos antagónicos (en este caso jóvenes idealistas, versus militares que los reprimían por pensar distinto); todo ello, frente a una sociedad pasiva y expectante.


Por el contrario, fue justamente la sociedad argentina la principal protagonista de aquel acontecimiento bélico: objeto, en primer término, de la agresión que pretendía sojuzgarla por el terror; y sujeto, luego, que ordenó a su brazo armado acudir en su legítima defensa. Como en toda guerra y máxime en ésta que fue irregular en su forma, imprecisa en su desarrollo, librada contra un enemigo mimético que no exhibía uniforme ni bandera, se llegó a situaciones límite que ensombrecieron al país con actos rayanos en el horror; horrores que tal vez resulte difícil justificar, pero que merecen comprensión, en el marco de crueldad de un conflicto bélico interno como el descripto.

Así ganamos nuestra última guerra interna contra el terrorismo, a un alto costo de sangre difícil de amenguar, precio ineludible para seguir siendo una República como marca nuestra Constitución Nacional. La sociedad toda nos debe su veredicto.


En otro orden de ideas, el pronunciamiento militar del 24 de marzo de 1976, no quitó ni agregó nada a la guerra que se venía desarrollando, cuando funcionaba en el país un régimen constitucional; y que continuó, luego de esa fecha, sin cambiar sus objetivos, así como la modalidad de su ejecución, hasta su término apreciado a fines de 1977, principios de 1978.


Durante esos tremendos años de guerra, las Fuerzas Armadas mantuvieron la decisión de restaurar la plenitud del régimen constitucional, luego de que se afirmara el triunfo militar y se consolidara la paz. Por ello, sus integrantes tuvieron -y continúan teniendo- la convicción de haber prestado un inestimable servicio a la Nación agredida, derrotando a su enemigo, y facilitando con su acción, el restablecimiento del sistema republicano de vida que marca nuestra Constitución Nacional.


Por todo lo expuesto, reclamo para el pueblo argentino en general y para sus Fuerzas Armadas de Seguridad y Policiales en particular, el honor de la victoria en la guerra interna ya descripta. Lamento sí, las secuelas que deja toda guerra y valoro el sufrimiento de quienes, con auténtico dolor, lloran por sus seres queridos mutilados o muertos; así como deploro a quienes especulan con el dolor ajeno, que ni siquiera tangencialmente los ha rozado, pero que no trepidan en transar pingües negocios, a la sombra de las banderas de los derechos humanos.


Reitero que asumo en plenitud mis responsabilidades castrenses, con total prescindencia de mis subordinados, que se limitaron a cumplir mis órdenes; órdenes ajustadas a la doctrina vigente, volcada en los reglamentos en vigor a la fecha y que fueron calificadas como inobjetables por el Consejo Supremo de las FF AA.


*



Habíamos ganado la guerra en el campo militar; lamentablemente, no supimos afirmar esa victoria en el campo político. Se cumplía así lo expresado en un manifiesto producido por el terrorismo subversivo en el año 1977 que expresaba: A los militares, no pudimos doblegarlos por el temor al combate; es momento de replegarse sobre las bases y esperar. (Para entonces, los cabecillas huían hacia el exilio y los militantes debían mimetizarse dentro de la sociedad). Continuaban diciendo: Cuando llegue el tiempo de la política, y sobrevenga en ellos el temor a practicarla porque no saben hacerla, será el momento de volver a la lucha para derrotarlos en ese campo. No hay duda que los enemigos derrotados ayer, cumplieron con sus propósitos. Hoy gobiernan nuestro país y pretenden erigirse en paladines de la defensa de los derechos humanos que ellos -en su tiempo- no titubearon en conculcar en grado superlativo.


Escudados en la impunidad que hoy les brinda una justicia asimétrica y vaciada de derecho, no necesitan ya de la violencia para acceder al poder, porque están en el poder y, desde él, intentan la instauración de un régimen marxista a la manera de Gramsci, tomando como rehenes a las instituciones de la República y haciendo de ella, una simple expresión verbal, ajena a lo que prescribe nuestra Constitución Nacional. Gramsci puede estar satisfecho de sus alumnos La Constitución Nacional guarda luto por la República desaparecida.


*

Señores Jueces:


Reitero que ustedes no son mis jueces naturales; no obstante, en mi carácter de preso político, deseo manifestar lo siguiente: Las garantías constitucionales de las que gozamos quienes somos juzgados en este contexto, constituyen una farsa que, para ser interpretada, requiere de condiciones histriónicas que no poseo. Además, todo el poder político ha sido encauzado para lograr nuestra condena, a cualquier costa y por cualquier medio. Por ello, me he abstenido de alegar en una defensa que no guarda sentido.


Por otra parte, con este enjuiciamiento, desconociendo las garantías del debido proceso -entre otras la cosa juzgada y la irretroactividad de la ley penal- se pretende que, a través de la sentencia que vayan a dictar, homologuen una decisión política adoptada con sentido de revancha, por quienes, después de ser militarmente derrotados, se encuentran hoy ocupando los más diversos cargos del Estado.


Esta irregular situación, que bien podríamos calificar como terrorismo judicial, y que pudo disimularse mediante las formalidades de un debate, no bastó para que, conceptualmente, el derecho quedara afuera de la administración de justicia, produciendo su vaciamiento.


Frente a esa realidad que no está en mis manos modificar, asumiré, bajo protesta, la injusta condena que se me pueda imponer, como contribución de mi parte al logro de la concordia nacional; y la he de ofrecer a modo de un acto de servicio más, que debo prestar a Dios Nuestro Señor y a la Patria. Con ello pretendo cumplir con mi conciencia Cumplan ustedes con la suya.

EPILOGO

Desde los tiempos más remotos -y así lo dice la Biblia- las sociedades recurrieron a la figura del chivo expiatorio para lavar sus culpas colectivas y, de esa manera, acallar sus conciencias. La sociedad argentina, que fue principal protagonista de uno de los momentos más cruciales de nuestra historia reciente, abrumada por una tremenda campaña de acción psicológica, no escapó a aquella regla. Y lo hizo, aunque resulte penoso reconocerlo, permitiendo que se malversara la verdad histórica, mediante la aceptación de una visión hemipléjica de la misma, acerca de acontecimientos que costaron la vida de muchos conciudadanos, civiles y militares, que cayeron por defender a la Patria, o en pos de ideales equivocados.


Con esa actitud, sólo se ha logrado sembrar la discordia y anidar el odio en muchos corazones hermanos, postergando con ello la tan ansiada unión nacional.



Pareciera, llegado el tiempo para que la sociedad toda, a través de su dirigencia, asuma su protagonismo perdido; y, dejando de lado la memoria asimétrica predicada desde los círculos oficiales; fuera de cualquier especulación sectorial o de escapismos hipócritas; promueva -mediante un diálogo superador- el exhaustivo e imparcial examen necesario sobre los terribles años de nuestra última contienda interna, de tal manera que nos permita dejar atrás, sin cargos de conciencia, un luctuoso y traumático pasado.


Entregaremos así, a quienes nos sucedan, un legado que les ayude a superar los desencuentros padecidos por nuestra generación. Sin olvido, pero también sin rencor: para no repetir los errores del pasado; con justicia, pero no con venganza: dando y quitando con equidad a quien debe dársele y quitársele; en busca sólo de la unión nacional, concebida -al decir de Ortega y Gasset- como un proyecto compartido de Nación; de manera tal que podamos mostrarnos ante el Mundo, como un País libre, pujante, abierto a la concordia, reconciliado y en paz.


Quiera Dios Nuestro Señor que así sea.-


sábado 12 de diciembre de 2009

LUCIANO B MENENDEZ - General del Ejército Argentino SU ALEGATO


Transcribimos, a continuación, el alegato del general de división Luciano Benjamín Menéndez, expuesto, el 24 de julio de 2008, ante la Cámara Federal de Córdoba, que lo juzgaba.

"Hace 50 años, la guerra estalló, repentina y brutalmente, en nuestro país.
"Sin tener arte ni parte, simplemente porque estábamos en la ruta de conquista del comunismo internacional, los argentinos sufrimos el asalto de los subversivos marxistas que, por orden y cuenta de la Unión Soviética y de su sucursal americana, Cuba, se proponían someter nuestro país a su sistema y sumarnos a sus satélites.


"Era la guerra. Pero la más total de todas las guerras: La Guerra Revolucionaria (GR).
"No se trataba de pretender arrancarnos un pedazo de territorio (con todo lo entrañable que es cada metro de nuestra tierra, regada por la sangre de nuestros soldados y el sudor de nuestros trabajadores), o un paso entre dos océanos, o una zona de influencia geopolítica o económica.A lo que la subversión apuntaba era al alma de nuestro pueblo, para someterlo a un régimen despiadado y brutal. Como su nombre lo indica, la GR revoluciona el modo de vida del pueblo que elige como víctima.

"El propósito de los subversivos, al declararnos la GR, era asaltar el poder, para instaurar un régimen comunista bajo el cual, en lo externo, nos convertiríamos en un satélite de Rusia, y, en lo interno, no seríamos libres para pensar, expresarnos, poseer bienes, entrar y salir del país, disponer de nuestras vidas y la de nuestras familias, porque todo le pertenecería y manejaría el Estado totalitario.

"Por eso se equivocan los que creen que el pueblo fue un convidado de piedra en la Guerra Revolucionaria. Al contrario, el pueblo era el objetivo al que pretendía dominar la subversión. Por eso nos agredió, para apoderarse de nuestro pueblo.

"En el mundo, se reconoce que las guerras ofensivas o de agresión son injustas. La invasión armada del terrorismo marxista constituye, por lo tanto, una guerra injusta.

"Para demostrar quién inició la GR y para qué, voy a leer lo que decían al respecto los demócratas y lo que publicaba la delincuencia subversiva.

"En agosto de 1964 (durante el gobierno constitucional del Dr. Illia), la policía de Salta y la Gendarmería Nacional descubren y destruyen un campamento guerrillero en Orán. La Cámara de Diputados cita a los ministros del Dr. Illia, para que informen sobre lo sucedido.


"Allí, dijo el ministro de Defensa, Dr. Facundo Suárez: "El Partido Comunista, en 1957 o 1958, entra a preocuparse fundamentalmente de Africa, de Latinoamérica y de parte de Asia. Cuando Fidel Castro se declaró evidentemente comunista, se inició un período de gran perturbación en toda Latinoamérica".

"Zavala Ortiz, ministro de RR.EE., agregó, en esa misma ocasión: "la existencia de un poder tan extraordinario como el que surge de la energía atómica ha determinado que la competencia se derivase a otro método, el de la GR, guerra no declarada, silenciosa, pero guerra inexorable, global y permanente. Ese orden de cosas se instala en América Latina, el comunismo se establece en la República de Cuba como una organización revolucionaria de guerra permanente de tipo revolucionario. Hay una GR declarada a las organizaciones, a las repúblicas, a las democracias o no democracias vigentes en Latinoamérica y contra esa situación tenemos que tomar las medidas correspondientes".

"Escuchemos ahora el bando terrorista: En julio de 1970, el Partido Revolucionario de los Trabajadores funda el ERP, porque, dice: "En el proceso de Guerra Revolucionaria iniciado en nuestro país, nuestro partido ha comenzado a combatir para hacer posible la insurrección del proletariado y del pueblo".

"Tres años después, en la edición de junio de 1974 de su periódico "El Combatiente" , en un artículo titulado "Por la revolución obrera latinoamericana y socialista", dice: "Las unidades guerrilleras han aumentado su poder de fuego en las ciudades y han dado el paso trascendental de la creación de la primera unidad de monte, la constitución de la organización revolucionaria principal, Partido Marxista Leninista Proletario, avanza exitosamente, a través de su cauce principal, el Partido Revolucionario de los Trabajadores".

"Esta permanente acumulación de fuerzas revolucionarias va colocando a la sociedad argentina a las puertas de una situación revolucionaria, la lucha de clases cobra nueva vida. Desde hace más de tres años, el pueblo argentino ha iniciado un proceso de Guerra Revolucionaria (el Gral. Perón era el presidente constitucional).

"En la revista "Cristianismo y Revolución" de septiembre de 1971, aparece una breve historia de Montoneros, que dice: "Llegado 1969, Montoneros comienza a pasar a la ofensiva: es el comienzo de la guerra por el poder, con el programa nacional revolucionario que asegure la nacionalización de la economía, el control obrero de la producción y la expropiación sin compensación de la oligarquía terrateniente. Creemos que la maniobra electoral montada --es la que culminaría en 1973 con la elección de Cámpora-- se les va a volver en su contra y los vamos a fusilar con sus propias armas. Sólo la guerra del pueblo salvará al pueblo. Todos tienen un lugar y una función en la lucha, que es el desarrollo de la Guerra Revolucionaria".

"Para no dejar dudas de que era una guerra, ambas organizaciones terroristas reseñaban sus hazañas en lo que llamaban "partes de guerra". Tomo como ejemplo dos: uno del ERP, fechado el 20 de noviembre de 1974, en el que explican que han ejecutado al teniente coronel Ibarzábal en el ropero en que lo tenían preso, y el otro de Montoneros, del 26 de febrero de 1975, en el que cuentan que han secuestrado al cónsul norteamericano en Córdoba.

"Estas expresiones demuestran que es falso lo que vienen sosteniendo los subversivos, quienes ahora niegan, sistemáticamente, la existencia de la GR que nos declararon y llaman represión ilegal a las operaciones defensivas de las fuerzas legales.

"Las primeras manifestaciones de GR son dos campamentos de guerrilleros: los Uturuncos, en los montes tucumanos, en 1959, y el ya mencionado de Orán, en 1964. Justamente, durante los gobiernos del Dr. Frondizi y el del Dr. Illia, ambos gobernantes inobjetablemente democráticos, no sólo por ser electos por el pueblo, (que allí no termina la democracia, sino que empieza) sino, también, por su ejemplar ejercicio del poder. No pueden pretextar los guerrilleros que eran pacíficos ciudadanos buscando defender la democracia, porque la democracia estaba bien defendida por esos gobiernos.

"La persecución a los delincuentes subversivos no fue, como ellos pretenden, represión a los opositores políticos de los gobiernos militares. La subversión actuó en nuestra Patria desde 1960 en adelante, bajo gobiernos de todos los signos.
"Entonces, ¿De quién eran opositores? Y ¿Quién los perseguía? ¿Frondizi? ¿Guido? ¿Illia? ¿Perón?

"Lo cierto es que la Nación Argentina, para defenderse de la agresión subversiva, ensayó todos los métodos desde 1964, no importa de qué signo fuera el gobierno de turno. Aplicó a los agresores la ley común, creó la Cámara Federal Penal, en 1970, que procesó y condenó a 1.600 guerrilleros, pero que fue disuelta y sus sentencias anuladas, en 1973, por el actual procurador general, Dr. Righi, quien, siendo ministro del Interior, concedió una amnistía a todos los subversivos presos; volvió a la ley común sin resultados, declaró ilegales al ERP y al PRT por decreto presidencial Nº 1.454/73 del gobierno constitucional de Lastiri; en 1974, reformó el Código Penal, para "reprimir severa y adecuadamente conductas que han llenado de zozobra a la población", a pesar de lo cual ningún juez pudo condenar a ningún guerrillero; en 1975, recurrió al terrorismo de Estado, con la Triple A; más tarde, empeñó parcialmente a las FF. AA., para aniquilar la subversión en Tucumán, por decreto secreto 291/75, del gobierno constitucional de Isabel Perón; y declaró a Montoneros asociación ilícita de carácter terrorista por decreto presidencial Nº 2.452/75 de ese mismo gobierno.

"La subversión desbordó todos estos sistemas y prohibiciones, llegando a conformar verdaderos ejércitos clandestinos, con su dirección política, sus contactos y respaldos internacionales, sus combatientes organizados en comandos y unidades a imitación de las militares, sus organizaciones de inteligencia, sus apoyos logísticos de sanidad, materiales, transportes y munición, sus ramificaciones de reclutamiento, difusión y propaganda, sus programas de instrucción política y militar en el país y en el extranjero, sus sistemas de relevos y descansos, etc.


"Ante el crecimiento en efectivos y en peligrosidad de estas bandas, que se calcula que llegaron a reunir 40.000 hombres (las Brigadas Rojas de Italia nunca superaron los 1.000 hombres), la Nación Argentina, por decreto presidencial Nº 2.770/75, creó el Consejo de Seguridad Interior, presidido por el presidente de la Nación e integrado por todos los ministros y los comandantes de las FF. AA., para dirigir los esfuerzos nacionales para la lucha contra la subversión, y ordenó a sus FF. AA., por decreto presidencial Nº 2.772/75 que "aniquilaran a la subversión". Ambos decretos fueron dispuestos por el gobierno constitucional de Italo Luder.

"La Argentina rechazó la agresión armada marxista. Pero no sin sufrimiento. Pues los delincuentes subversivos ensangrentaron al país durante 10 años, en los que asesinaron a 1.500 personas, de las cuales el 60% eran miembros de las FF. AA. y de Seguridad, y el 40% eran civiles (empresarios, gremialistas, políticos, funcionarios, sacerdotes, mujeres, niños); e hirieron a muchos más. Cometieron 21.600 atentados terroristas (6 o 7 por día).

"De nuevo para tener dimensiones comparadas, las Brigadas Rojas realizaron 300 atentados en toda su campaña. Las FF. AA., aplicando las leyes y reglamentos militares en vigencia, cumplieron, en pocos años, la misión encomendada por la Nación de vencer al enemigo, y, al acortar la guerra, ahorraron sufrimientos a la Patria.

"Comparémonos con Colombia que, desde hace 60 años, soporta el flagelo constante de la guerrilla terrorista, la cual todavía controla una parte del país y arrastra su corte de secuestrados y muertos, que se calculan en más de 100.000.

"Y nosotros estamos siendo juzgados. Vuelvo a decirlo: ostentamos el dudoso mérito de ser el primer país en la historia del mundo que juzga a sus soldados victoriosos que lucharon y vencieron por orden de y para sus compatriotas. Nosotros podemos preguntarnos, como lo hizo recientemente un oficial uruguayo con patético y auténtico dolor: ¿Para quién ganamos la batalla?

"Derrotados, los guerrilleros abandonaron la lucha armada y se mimetizaron en la sociedad como pacíficos civiles. Pero no abandonaron sus objetivos. No cesaron la GR, sino que la trasladaron a otros campos, siguiendo la doctrina de Gramsci que aconsejaba "La intelligentzia tiene que apoderarse de la educación, de la cultura y de los medios de comunicación social, para, desde allí, apoderarse del poder político y con el poder político dominar a la sociedad civil".

"Pusieron y ponen en práctica la máxima de Lenin: "La paz es la continuación de la guerra por otros métodos". Porque los marxistas no conciben la armonía y la concordia, sino el "conflicto constante".

"No se han sacado aún la piel de cordero porque les falta todavía eliminar o dominar algunos resortes del Poder. Cuando sientan que la capacidad de reacción de los argentinos está anulada, entonces van a dar el zarpazo, entonces van a abandonar su disfraz pacifista y legalista y van a utilizar toda la violencia para imponernos su doctrina, de la que no han abjurado, aunque declamen democracia y se aprovechen de ella. Doctrina enemiga de nuestra Constitución, puesto que niega a Dios, suprime la Patria, prohíbe la libertad, reemplaza la unión nacional, la paz interior, la justicia y el bienestar general por el conflicto permanente; disuelve la familia, elimina la propiedad, todos ellos valores eminentes y excluyentes de nuestra Carta Magna.

"En resumen: Los argentinos sufrimos una guerra, desatada por los sicarios vernáculos del comunismo internacional. Los mismos que hoy persisten en su oscuro objetivo. Con la diferencia, desfavorable para la Patria, de que, antes, los terroristas estaban en la ilegalidad. Ahora, se apropiaron de la legalidad y pretenden ser pacíficos ciudadanos ajustados a la ley y a la Constitución. Y, desde esa ficción, intentan destruir nuestro estilo de vida y nuestro ser nacional. Desde el Poder, intentan convertirnos a su sistema esclavista.

"Confío en que los guerrilleros del 70, hoy en el poder, no puedan consumar sus propósitos de imponernos su régimen autoritario.

"Confío en que los argentinos detengamos esa marcha hacia el abismo y recuperemos el imperio de la Constitución, de la ley y la libertad, para la Patria de la Libertad".


Luciano B. Menéndez
General de División EA
Recomiendo ir a http://gralmenendez.blogspot.com/ en donde se expone una cronología de hechos protagonizados por la justicia argentina, testigos y organizaciones creadas a posteriori para detractar militares y apoyar las acciones subversivas.

AQUI TRANSCRIBIMOS UN ESCRITO DE CONTENIDO JUSTO

NADA MÁS QUE UN SOLDADO

“……..a mis acusadores les debe sorprender desagradablemente que yo siga pensando igual frente al mismo enemigo, a los mismos episodios que ellos produjeron y a los que ahora nos retrotraen.”

Luciano Benjamín Menéndez, General del Ejército Argentino

Podrán, y seguramente lo harán, ya que él es el paradigma de lo que hay que destruir, pasearlo por cien circos presuntuosamente llamados “juicios”. Podrán ponerlo cuantas veces quieran a merced de payasos togados que creen que están haciendo historia y a los cuales el miedo o el interés, como en todos los casos precedentes, les ha hecho aceptar una condena escrita de antemano. Podrán los falsarios a quienes derrotó pedir su cabeza o tratarán de infamarlo, pluma de serviles mediante, inventando historias y repitiendo agravios para terminar como siempre en el insulto soez, prueba lapidaria de la derrota que nuevamente han recibido, seres minúsculos al fin, de un General del Ejército Argentino.

No importa cuantos generales tuvieron mando o actuación política durante el proceso, no importa cuantos están procesados, cuantos con prisión domiciliaria o quienes de ellos veranean sin contrición ni vergüenza en la costa o en las sierras. Son pocos a los que hay que pegarles, a los que hay que mandarlos, más allá de enfermedades y edad, a los penales federales, porque en realidad lo que se pide es la cabeza de esos pocos. Ese es el trofeo que desvela a quienes llevan adelante estos “juicios”, ese es el botín que pretenden los verdaderos autores intelectuales de tanta muerte y desaparición en tiempos idos. Ellos, los jefes traidores que compraron su resuello con la vida de los “perejiles” que creyeron en ellos y que hoy no pueden soportar que un grupo de viejos, que ni se rajaron ni se acobardaron, les estén dando ejemplos de dignidad a diario. Porque estos pocos, Generales del Ejército Argentino, no eran meros uniformes aferrados a un escritorio y a una alfombra. Eran Soldados.

Pero es a la cabeza de él a la que apunta la perversa estrategia de destrucción que han diagramado aquellos que arrastran su pasado indigno de tránsfugas y mercaderes de vida y que solo pueden llevar a cabo con la complicidad de jueces prevaricadores, testigos falsos, una sociedad anestesiada e hipócrita y unos payasos disfrazados de generales “nuevos” a los cuales han comprado con monedas de cobre. Porque el enemigo al que ellos deben batir es hoy lo que resta del Ejército Argentino, lo que queda de las Fuerzas Armadas. Ese resto que hoy se sostiene en el ejemplo de todos los que por defender a la Patria penan su juramento en cárceles comunes, ejemplo que ha evitado hasta hoy que las Fuerzas Armadas se conviertan en una montonera de entecados morales incapaces de alzar sus armas ante una ofensa a la Patria.

Solo esperan conseguir con esta seguidilla de bufonadas jurídicas un mínimo gesto de desánimo. Eso quizás concretaría la destrucción pretendida. Error, Luciano Benjamín Menéndez es un Soldado. No un bufón al que se le untan malamente los calzoncillos si un desquiciado de mirada errática le ordena descolgar un cuadro.

JOSE LUIS MILIA

Josemilia_686@hotmail.com

ALEGATO ANTE EL TRIBUNAL POPULAR REVOLUCIONARIO DE LA ARGENTINA EN TUCUMAN

Diciembre 26 2010

El jueves 22 de diciembre, el General Menéndez volvió a hacer uso de la palabra en el juicio Oral y Público que ese mismo día terminaba en Córdoba. Menéndez sabía como casi todos, que la sentencia estaba cantada. Quizás por eso no le sorprendió, si bien el dolor que como militar de pura cepa lleva en su corazón es grande. A pesar de eso, y en vísperas de la Navidad, una vez más el ex Comandante del III Cuerpo del Ejército miró a todos a los ojos y con la frente en alto, porque está convencido que ha cumplido con su deber de soldado, leyó su alegato que sin duda, será parte importante de la historia argentina.

Esa misma tarde le dictaron nuevamente prisión perpetua. A continuación las valientes palabras de Menéndez para que usted saque sus propias conclusiones y el pedido otra vez en esta Navidad, que el Niño Dios nos traiga verdadera justicia y paz a todos los argentinos.

ALEGATO DEL GENERAL LUCIANO B. MENÉNDEZ

Han desfilado por este tribunal cien testigos. Todos o casi todos ellos y las supuestas víctimas eran en 1974/75, militantes de alguna de las organizaciones ilegales que en ese entonces asolaban nuestro País. Eran pues, combatientes. Esto demuestra que las FFAA nunca atacamos a población civil, por lo cual aún si fueran ciertos los crímenes que se nos achacan, no podrían ser calificados de Lesa Humanidad y estarían prescriptos a la fecha.

Todos o casi todos los presos fueron juzgados por un juez federal y condenados por él. Pero ninguno de ellos explica el verdadero motivo de su detención, aunque el solo hecho de su militancia en una organización ilegal ya era un delito y la sentencia del Juez confirmó que habían participado en alguna acción armada. Los sentenciados por el Juez cumplieron su condena y salieron en libertad. Por otra parte, al pertenecer al enemigo, como uno de los testigos nos llamó, su testimonio no puede aceptarse por estar viciado de nulidad por la evidente parcialidad que muchos testigos se encargaron de exhibir ante el Tribunal. Además puedo preguntarme porqué se nos juzga a nosotros cuando un juez los condenó a ellos y fue un asunto legalmente terminado. Ahora vuelve a empezar, pero son los revolucionarios del 70 quienes nos acusan por haberlos condenados en 1975.

Otra cosa que campea en las declaraciones de los testigos y en las expresiones de los abogados de la querella, es la confusión y la fusión que hacen los nombrados entre la Guerra Contrarrevolucionaria y el Gobierno Militar, pretendiendo que ambas cosas son lo mismo y que fueron absolutamente contemporáneas. Con este cambio de fechas y propósitos, ellos arguyen que los terroristas del 70 actuaron en defensa de la democracia puesto que se oponían a un gobierno de facto, y pretenden que los militares desde el gobierno los perseguían por pensar distinto o, como alguno de los testigos y ex preso dijo con singular soberbia, simplemente por pensar. La realidad es que un año antes del 24 de marzo del 76, el gobierno electo constitucionalmente nos ordenó a las FFAA, de Seguridad y Policiales aniquilar a la subversión en Tucumán y seis meses después ese mismo gobierno nos ordenó aniquilar la subversión en todo el territorio nacional. La Guerra Contrarrevolucionaria pues, empezó un año antes que el gobierno militar, y los procedimientos usados por las FFAA y de Seguridad y Policiales no cambiaron en nada antes y después del 24 de marzo, simplemente porque eran los que las Leyes y Reglamentos militares prescribían para luchar contra el terrorismo marxista. Nuestros enemigos fueron los terroristas marxistas, como quedó demostrado por los testigos que desfilaron frente al tribunal, y jamás se persiguió a nadie por sus ideas políticas nacionales.

Pero para demostrar la falacia de quienes ahora pretenden haber sido jóvenes idealistas que luchaban por la democracia, nada mejor que citar las palabras de los guerrilleros a quienes derrotamos:

Caparrós -montonero- dice: La subversión marxista o más o menos marxista, de la que yo formaba parte- quería, sin duda, asaltar el poder en la Argentina para cambiar radicalmente el orden social. No queríamos un país capitalista y democrático: queríamos una sociedad socialista, sin economía de mercado y cuya forma política no sería la democracia burguesa que condenábamos cada vez que podíamos.

Del libro de Alfonso Lesa La Revolución Imposible, extraigo las siguientes citas: dice Carlos Masseti del ERP: Yo digo que por suerte no ganamos. Porque no creo que hubiéramos sido capaces de escapar a la tentación totalitaria porque veníamos formados en el totalitarismo.

Luis Matini, sucesor de Santucho en la conducción del ERP expresa en el mismo libro: ¿Qué habría pasado si el ERP hubiera triunfado? ¿Hubiera prevalecido la idea de establecer la democracia o de adoptar una dictadura del proletariado? No nos chupemos el dedo. La verdad es que nosotros nunca pensamos en la democracia. Nosotros pensábamos en la democracia en términos de Lenín, como un paso, un instrumento para el socialismo, teníamos toda la concepción leninista más dura.

Estos testimonios, sumados al análisis crítico de la historia, permiten a cualquier persona que se interese en el tema concluir que la actual versión oficial del asunto es simplemente falsa. Pero quien mejor desenmascara estas falsedades, es Tzvetan Todorov, un filósofo francés de origen búlgaro que estuvo hace poco en nuestro país, y al que llevaron a visitar los llamados museos de la memoria. Este intelectual, manifiesta sobre el catálogo del Parque de la Memoria Pero no se puede comprender el destino de esas personas sin saber por qué ideal combatían ni de qué medios se servían. El visitante ignora todo lo relativo a su vida anterior a la detención: han sido reducidas al papel de víctimas meramente pasivas que nunca tuvieron voluntad propia ni llevaron a cabo ningún acto. Sin embargo, su tragedia va más allá de la derrota y la muerte: luchaban en nombre de una ideología que, si hubiera salido victoriosa, probablemente habría provocado tantas víctimas, si no más, como sus enemigos. En todo caso, en su mayoría, eran combatientes que sabían que asumían ciertos riesgos.

La manera de presentar el pasado en estos lugares seguramente ilustra la memoria de uno de los actores del drama, el grupo de los reprimidos; pero no se puede decir que defienda eficazmente la Verdad, ya que omite parcelas enteras de la Historia. En cuanto a la Justicia, si entendemos por tal un juicio que no se limita a los tribunales, sino que atañe a nuestras vidas, sigue siendo imperfecta: el juicio equitativo es aquel que tiene en cuenta el contexto en el que se produce un acontecimiento, sus antecedentes y sus consecuencias.

Indudablemente, la opinión del Sr. Todorov es muy distinta a la que quisieron arrancarle sus anfitriones con sus visitas guiadas. Lo que verdaderamente pasó, fue que hace 60 años, la guerra estalló repentina y brutalmente en nuestro país. Sin tener arte ni parte, simplemente porque estábamos en la ruta de conquista del comunismo internacional, los argentinos sufrimos el asalto de los subversivos marxistas que por orden y cuenta de la Unión Soviética y de su sucursal americana, Cuba, se proponían someter a nuestro país y a toda Latinoamérica a su sistema y sumarnos a sus satélites.

Era la guerra. Pero la más total de todas las guerras. La Guerra Revolucionaria. No se trataba de pretender arrancarnos un pedazo de territorio, o un paso entre dos océanos, o una zona de influencia geopolítica o económica.

A lo que la subversión apuntaba era al alma de nuestro pueblo para someterlo a un régimen despiadado y brutal. Como su nombre lo indica, la Guerra Revolucionaria revoluciona el modo de vida del pueblo que elige como víctima. El propósito de los subversivos al declararnos la Guerra Revolucionaria era asaltar el poder para instaurar un régimen comunista bajo el cual, en lo externo nos convertiríamos en un satélite de Rusia y en lo interno, dejaríamos de ser libres para pensar, expresarnos, poseer bienes, decidir qué hacer con ellos, entrar y salir del país, disponer de nuestras vidas y la de nuestras familias, porque todo pertenecería y sería manejado por el estado totalitario.

Se equivocan los que creen y mienten quienes lo afirman, que el pueblo fue un convidado de piedra en la Guerra Revolucionaria. Por el contrario, el pueblo era el objetivo al que pretendía dominar la subversión. Por eso nos agredió, para apoderarse de nuestro pueblo. Y por eso los vencimos. Porque nuestro pueblo percibió claramente que sus FF.AA. lo defendían de los terroristas que lo atacaban. Y se alineó con nosotros brindándonos su apoyo. En el mundo se reconoce que las guerras ofensivas o de agresión son injustas. La invasión armada del terrorismo marxista constituye, por lo tanto, una guerra injusta, sujeta a la sanción internacional.

Las primeras manifestaciones de Guerra Revolucionaria fueron dos campamentos de guerrilleros: los Uturuncos, en los montes tucumanos en 1959, y otro en Orán en 1964. Justamente durante los gobiernos del Dr. Frondizi y el del Dr. Illia. Ambos gobernantes inobjetablemente democráticos, no sólo por ser electos por el pueblo, (que allí no termina la democracia, sino que empieza) sino también por su ejemplar ejercicio del Poder. No pueden pretextar los guerrilleros que eran pacíficos ciudadanos buscando defender la democracia, porque la democracia estaba bien defendida por esos gobiernos.

La persecución a los delincuentes subversivos no fue, como ellos pretenden, represión a los opositores políticos de los gobiernos militares. La subversión desató una guerra en nuestra Patria desde 1960 en adelante, bajo gobiernos de todos los signos. De quién eran opositores? Y quién los perseguía? Frondizi? Guido? Illia? Perón?

Lo cierto es que La Nación Argentina, para defenderse de la agresión subversiva ensayó todos los métodos desde 1964, no importa de qué signo fuera el gobierno de turno. El terrorismo marxista desbordó todas las previsiones del estado nacional, incluida una corta intentona ilegal desarrollada en 1975, en la que el gobierno recurrió al terrorismo de estado con la AAA. Así, la subversión llegó a conformar verdaderos ejércitos clandestinos, con su dirección política, sus contactos y respaldos internacionales, sus combatientes organizados en comandos y unidades a imitación de las militares, sus organizaciones de inteligencia, sus apoyos logísticos de sanidad, materiales, transportes y munición, sus ramificaciones de reclutamiento, difusión y propaganda, sus programas de instrucción política y militar en el país y en el extranjero, sus sistemas de relevos y descansos, etc.

Ante el crecimiento en efectivos y en peligrosidad de estas bandas, que llegaron a reunir 40.000 hombres (las Brigadas Rojas de Italia nunca superaron los 1000 hombres), finalmente la Nación Argentina, por Decreto Presidencial Nº 2770/75 creó el Consejo de Seguridad Interior presidido por el Presidente de la Nación e integrado por todos los ministros y los comandantes de las FFAA, para dirigir los esfuerzos nacionales para la lucha contra la subversión, y ordenó a sus FFAA, por decreto presidencial Nº 2772/75 (ambos firmados por el Presidente Luder) que procedan a ejecutar las operaciones militares y de seguridad que sean necesarias a los efectos de aniquilar el accionar de los elementos subversivos en todo el territorio del País. Esa expresión aniquilar el accionar ha servido a los terroristas de pretexto para afirmar que las fuerzas legales nos excedimos, como si se pudiera hacer una separación entre el accionar y los hombres; máxime en la Guerra Contrarrevolucionaria, donde operábamos contra un enemigo que cuando su grupo era aniquilado, se sumaba a otro o seguía actuando individualmente. Por suerte, el Consejo de Seguridad Interior, que era el organismo que dirigía la guerra fue más concreto y en su Directiva Nº 01/75 fijó a las FFAA, de Seguridad y Policiales la misión de ejecutar la ofensiva en todo el ámbito del territorio nacional para detectar y aniquilar las organizaciones subversivas y para más claridad todavía agregó: Las acciones deben tender a aniquilar los elementos constitutivos de las organizaciones subversivas.

La Argentina rechazó la agresión armada marxista. Pero no sin sufrimiento. Pues las fuerzas subversivas ensangrentaron al país durante 10 años, en los que asesinaron a 1500 personas, de las cuales el 60 % eran miembros de las FFAA. ,de Seguridad y Policiales y el 40 % eran civiles, empresarios, gremialistas, políticos, funcionarios, sacerdotes, mujeres, niños; e hirieron a muchos más. Secuestraron a 1750 personas. Cometieron 21600 atentados terroristas (6 por día).

De nuevo para tener dimensiones comparadas, las Brigadas Rojas realizaron 300 atentados en toda su campaña. Las Fuerzas Armadas aplicando las leyes y reglamentos militares en vigencia, cumplieron en pocos años la misión encomendada por la Nación de vencer al enemigo, y al acortar la guerra ahorraron sufrimientos a La Patria. Comparémonos con Colombia que desde hace 60 años soporta el flagelo constante de la guerrilla terrorista, la cual todavía controla una parte del país y arrastra su corte de secuestrados y muertos que se calculan en más de 100.000. Y nosotros estamos siendo juzgados. Tenemos el dudoso mérito de ser el primer país en la historia del mundo que juzga a sus soldados victoriosos que lucharon y vencieron por orden de y para sus compatriotas. Ostentamos ese triste record del que se enorgulleció aquí el fiscal adjunto por la sencilla razón de que, como es lógico, nadie nos lo disputa, está desierto.

Ahora la Justicia Nacional nos juzga por supuestos crímenes cometidos por las Fuerzas Armadas en la Guerra Contrarrevolucionaria. Se nos señala además, en actitud pedante, que debimos utilizar el Código Penal en lugar de las armas. ¿Pero es que no recordamos que la Nación Argentina usó la ley y la justicia para tratar de combatir el accionar del terrorismo marxista antes de ordenarle a sus Fuerzas Armadas el uso de las armas?

Y eso a pesar de los crímenes atroces cometidos por el terrorismo marxista entre 1960 y 1975. Tanto aguantó la Nación antes de decidirse a usar las armas que recuerdo un comentario despectivo que circulaba por esos años en el que se nos decía que los militares sabíamos morir pero no sabíamos matar.

¿Por qué se cambió de procedimiento y las autoridades legalmente constituidas de la Nación finalmente ordenaron a las Fuerzas Armadas iniciar operaciones militares para aniquilar a la subversión?

¿Por qué los jueces que hoy nos juzgan aceptaron suspender su tarea de controlar el accionar de las fuerzas armadas subversivas vía la aplicación del Código Penal y entregaron esta responsabilidad a las Fuerzas Armadas legales?

Si el trabajo judicial hubiera sido eficaz, lo lógico hubiera sido que el Poder Judicial no permitiera transferir sus responsabilidades.

Recordemos una vez más que las Fuerzas Armadas combatieron al terrorismo marxista más de un año en Tucumán y seis meses en todo el País, bajo las órdenes y la supervisión de un gobierno electo legalmente en el que funcionaban todas sus instituciones y sus poderes. Y entonces, con las Fuerzas Armadas empeñadas en combate, ¿cómo es que entre febrero de 1975 y marzo de 1976, ningún juez, ningún legislador, ningún funcionario, ningún periodista, reclamó por los supuestos excesos de las Fuerzas Armadas?

¿Será que en 1975 nadie en la Nación, ni el Poder Ejecutivo, ni el Legislativo, ni el Judicial, ningún funcionario ni periodista, imaginó para frenar la agresión del terrorismo marxista otra solución que usar las armas?

¿Será que se comprendió entonces, como lo prueban numerosos artículos periodísticos de la época, que enfrentábamos una guerra, y que el Poder Judicial con el Código Penal no podía librar una guerra?

Es oportuno recordar un discurso del Ministro de Defensa de Isabel Perón, Dr. Votero, del 17 de diciembre de 1975, que en uno de sus párrafos decía: ¨las Fuerzas Armadas en cumplimiento de obligaciones constitucionales y convocadas por el gobierno, han asumido junto a las Fuerzas de Seguridad, la responsabilidad de la acción directa contra la subversión. Lo han hecho y lo siguen haciendo con marcado y rotundo éxito. A ellos rindo, como Ministro de Defensa y en nombre de la excelentísima Señora Presidente de la Nación, la gratitud y homenaje del gobierno, llamándolos beneméritos de la Patria y diciéndoles nuestra inquebrantable determinación de no dejar por hacer absolutamente nada de lo que está dentro de nuestras facultades y de nuestro poder de decisión para alcanzar su más completo exterminio.¨

¡Lo que va de ayer a hoy!

Es que en ese entonces los ilegales estaban en la ilegalidad, y las fuerzas nacionales éramos legales. Y nadie nos discutía, y mucho menos nos disputaba esa condición, porque las circunstancias eran muy difíciles y pocos estaban decididos y capacitados para enfrentarlas. Se sucedían los crímenes del terrorismo y las declaraciones triunfalistas de los guerrilleros marxistas hacían temer que éstos tuvieran ya el poder al alcance de sus manos ensangrentadas. Resulta ridículo que quienes no pudieron hacer la tarea, porque no es misión del Poder Judicial hacer la guerra, nos juzguen y condenen hoy, 30 años después de haber terminado con la violencia gracias al empeño de las Fuerzas Armadas de la Nación, con el argumento, entre otros, de no haber aplicado el Código Penal para derrotar al enemigo.

Detrás de esta maniobra burda y ridícula, están los mismos guerrilleros de aquel entonces ocupando puestos en el Gobierno, buscando ahora matar dos pájaros de un tiro: Por un lado, desprestigiar a la Justicia de la República que para poder juzgarnos ha debido vulnerar numerosas reglas jurídicas y constitucionales y aplicar el derecho de manera arbitraria e ilegal. Por el otro, desprestigiar a las Fuerzas Armadas presentando como crímenes las acciones de la Guerra Contrarrevolucionaria.

Porque derrotados, los guerrilleros abandonaron la lucha armada y se mimetizaron en la sociedad simulando ser pacíficos civiles. Pero no abandonaron sus oscuros y anticuados objetivos. No cesaron la Guerra Revolucionaria, sino que la trasladaron a otros campos, siguiendo la doctrina de Gramsci que aconsejaba La inteligencia tiene que apoderarse de la educación, de la cultura, y de los medios de comunicación social, para desde allí apoderarse del poder político y con el poder político dominar a la sociedad civil.

Los ex guerrilleros, devenidos funcionarios no se han sacado aún la piel de cordero porque les falta todavía eliminar o dominar algunos resortes del Poder. Cuando sientan que la capacidad de reacción de los argentinos está anulada, entonces van a dar el zarpazo, entonces van a abandonar su disfraz pacifista y legalista y van a utilizar toda la violencia para cambiar nuestro estilo de vida. Espero que los guerrilleros de los 70, hoy en el poder, no logren consumar sus propósitos de afianzarse en él para imponernos su régimen autoritario y vitalicio. Confío en que los argentinos nos unamos para detener esa marcha hacia el abismo.

La democracia es un sistema que dignifica a quienes gobierna, pero para que funcione adecuadamente necesita de gobernantes que no se aparten de la ley y de ciudadanos que no permitan que se aparten. Es decir, la democracia dignifica al ciudadano pero para funcionar precisa de ciudadanos dignos. Venimos soportando siete años de autoritarismo, en que los argentinos hemos sido avasallados, escarnecidos, insultados por un gobierno despótico, que ha violado sistemáticamente la Constitución Nacional y la ley y cuya aspiración final es imponernos un gobierno autoritario. Aquí mismo está discurriendo hoy este juicio claramente inconstitucional y sin embargo, hay una multitud de actores desempeñando sus roles como si fuera lícito.

Espero que después de estos años de indignidad, la misma vergüenza de haber soportado este periodo de oprobio, sirva para que en lo sucesivo y para siempre los ciudadanos de nuestra República, tanto gobernantes como gobernados, cumplamos y hagamos cumplir estrictamente la Constitución y la Ley y no nos apartemos por ninguna razón de las normas institucionales, y entonces volvamos a inaugurar una nueva etapa democrática que esta vez sea, si, auténtica y permanente.

Estoy convencido que esta experiencia nos va a servir para rechazar en el futuro los caprichos arbitrarios de un caudillo en cuanto se insinúen, para ajustarnos sin concesión alguna a las normas institucionales de la República. Solo así volverá a regir la Constitución, la Ley, la Justicia y la Libertad en la Patria de la Libertad; y la democracia volverá a guiar la marcha de los argentinos a su destino de grandeza, marcha que emprendimos varias veces con éxito mientras nos movimos con total libertad dentro del ámbito de la Constitución y que se frustró en varias ocasiones por la copia enfermiza de modelos totalitarios.-


General Luciano B. Menéndez